26 de mayo de 2018

La crisis generada por la Revolución Macrista todavía tiene que madurar.

La que aquí denominamos Revolución Macrista hace un año transita un período de crisis, que casi la totalidad de los críticos -desde la izquierda y la derecha- no dudan en considerar como terminal. Desde aquí no discutimos esa caracterización, pero no vaticinamos que su apogeo se verifique en el corto plazo. Los beneficios de la "pesada herencia" le dan un plafón de subsistencia al modelo neoliberal desplegado por Cambiemos (en forma desprolija, casi un mamarracho). Los funcionarios del PRO que ejecutan las medidas de gobierno más importantes, y los funcionarios que a modo de decorado republicano aporta el radicalismo, muestran una inoperancia histórica; lo que sumado al error de diagnóstico y la cerrazón ideológica o ideologismo que ostentan conforma un cocktail explosivo pocas veces visto en nuestra historia. Una revisión detallada de este disparate puede verse en Un modelo que nació fallido de @elloropolitico en el blog Artepolítica.
Sin embargo, esto no obsta para que el plan original del macrismo (una revolución conservadora, restauradora, como ya detallamos aquí (1)siga su curso, incluso en medio de esta crisis autoimpuesta, buscando la redistribución regresiva de la riqueza nacional.
Desde el principio de su gobierno, Cambiemos se topó con un obstáculo para implementar las medidas más regresivas: la resistencia de la sociedad. Sin embargo, los ideólogos macristas piensan solucionar este impedimento apelando a las ineludibles exigencias del FMI. En efecto, el Fondo obligará al gobierno a aplicar el programa económico de ajuste sin fin que el mismo macrismo vino a aplicar. En ese sentido, el FMI es Cambiemos con otro rostro, y por eso el ministro Dujovne acaba de ser elevado a coordinador del gabinete económico, es decir: el delegado del Fondo Monetario en el gobierno. La relación gobierno-FMI promete ser una relación carnal, por eso es que lo esperable no es nada inesperado para los argentinos.
Miremos en perspectiva: el ajuste económico será cada vez más violento, lo que empeorará la misma economía que trata de salvar de una crisis autoimpuesta, y en una espiral descendente ya vivida en nuestra historia, la destrucción de la industria nacional (principalmente de las PYMEs) aumentando la desocupación, la pobreza y la indigencia. Fomentando la emigración, la inseguridad producto de la desigualdad irremediable y, finalmente, el desinterés de cada vez más gente por la política.
A medida que empeore la economía nacional (un "número puesto" en estos procesos) más crudo y antirepublicano será el trato a los políticos opositores (y expartidarios) y manifestantes.
Este gobierno de derecha ha demostrado ser el que peor gestiona la economía, y el que ejerce el poder político y judicial en forma más cruda y menos democrática y republicana. Tiene rasgos de la tristemente famosa Revolución Libertadora, como ya tipificamos aquí. (2)
Nuestra historia muestra cabalmente que la derecha nunca entrega el poder voluntariamente, salvo por fuerza mayor y luego de una crisis provocada por ella misma.
Si puede planificar la entrega tratará antes de destruir cualquier movimiento nacional y popular que pueda sucederla. Ahora sabe que esta es su última oportunidad para cristalizar los cambios que benefician a sus intereses políticos pero principalmente económicos, por eso está tan cebada en los cambios revolucionarios implementados a cualquier costo que está llevando a cabo. Como habíamos anunciado aquí (3) antes de la segunda vuelta que llevó a Macri a la Casa Rosada, los propósitos de esta nueva vieja derecha nacional eran bien claros entonces. El tema es que el complejo mediático y el establishment los ocultaron muy eficientemente. Pero, también, como dijimos en octubre pasado aquí en (4):

(...) todo proceso revolucionario de este tipo, no se da sin una resistencia popular o política como la que se atisba en la Argentina del siglo XXI. Así como para aplicar este modelo en los años posyrigoyenistas se tuvo que encarcelar a Yrigoyen y sus partidarios, y para hacerlo en los años posperonistas se tuvo que proscribir a Perón y perseguir o encarcelar a los peronistas, actualmente Cambiemos deberá hacer lo propio con Cristina y los kirchneristas. Esta es la etapa que más asemejamos a la fase “general Aramburu” de la Revolución Libertadora del posperonismo (...). Toda acción contra los intereses populares conlleva una reacción ya sea política o sindical, y para eso el macrismo está preparado. Y los métodos son la persecución o amenaza mediática o judicial, la represión callejera o por los servicios de inteligencia, ya liberados de cualquier control estatal o judicial y económicamente empoderados por el gobierno. Luego de los resultados electorales aparece Cristina Fernández como la cabeza de la oposición franca al modelo menemista-macrista, y por eso la expresidente se convirtió en un escollo insalvable para sus políticas. Más aún, como lo fueron Yrigoyen y Perón en sus respectivas épocas, ella representa además “el pasado mejor” que permanece en el inconsciente colectivo para comparar con el presente de penurias que se vive, y que todo indica que empeorará en los próximos años. Ergo: como para “la década infame” en los años treinta y para “la revolución fusiladora” en los cincuenta, para Cambiemos y “el círculo rojo” macrista, Cristina es el obstáculo a eliminar en la política nacional. Sea como sea y caiga quien caiga.
Sólo el tiempo dilucidará el rumbo que tome la sociedad en los próximos dos años, pero no creemos que varíe mucho de lo sugerido aquí. Los tiempos políticos y sociales son mucho más lentos que lo esperado por los observadores o protagonistas, y la inercia de los procesos explica los lentos desplazamientos electorales. Sin embargo, cuando una sociedad protagoniza un giro en su visión política, ésta es difícilmente detenida en el corto plazo de dos años.

Y, además, ya en febrero último señalábamos en (5) que:

Esta etapa de la revolución macrista se enfrenta a la caída de su imagen pública y, por lo tanto a la falta de apoyos en el congreso, algo con lo que había contado hasta ahora. Es por eso que, como adelantamos aquí, se ha recostado en sus rasgos autoritarios, no sólo en el aspecto de represión de la protesta social (ya cuenta con dos muertes a manos de las fuerzas de seguridad) sino en la utilización de jueces amigos del fuero federal para encarcelar manu militari a opositores, ya sean kirchneristas, de izquierda o sindicalistas (siempre que se opongan a sus políticas). También se ven esos rasgos al derogar o modificar leyes por decreto, como la ley de blanqueo, o al presionar a los gobernadores para que se vote la reforma previsional por el congreso.
Es de esperar que con el tiempo esta tendencia se acelere, y veamos que la economía no arranque, que la pobreza y desocupación crezcan, al igual que el déficit comercial y por ello el endeudamiento externo. Esto alimentará la protesta social, lo cual cebará la represión y los métodos para-constitucionales para implementar las medidas gubernamentales“.

Lo nuevo que estamos viendo en estas semanas es que el establishment (o "círculo rojo" como lo bautizó Macri) parece presionar al gobierno para que acelere a fondo en la redistribución a favor de sus intereses. Algo que señalamos en julio de 2016 (6):

La incógnita sobre la eficacia del macrismo para llevar adelante las próximas medidas de gobierno de su plan se despejará en los próximos seis o doce meses, cuando los medios de comunicación hegemónicos ya no puedan ocultar eficazmente los resultados perniciosos de la economía, cuando los titulares sobre la corrupción o la herencia kirchnerista no sirvan para “entretener” a la sociedad frente a la herencia y la corrupción propias. Será entonces cuando veremos si los métodos revolucionarios del macrismo son suficientes para seguir avanzando en su agenda de gobierno, si el establishment lo sigue apoyando o si le fija nuevos objetivos y, principalmente, si la sociedad sigue avalando su rumbo. De no ser así, veremos qué métodos utiliza entonces para continuar con su programa de gobierno, si aminora la marcha o si acelera a pesar de todo y de todos. Porque la historia argentina muestra, lamentablemente, que la derecha nunca se detiene en su camino y apela a cualquier método, legal o no, constitucional o no, pacífico o no para lograr sus fines. Y no tiene pruritos ni remordimiento al enfrentar a sus adversarios desde el poder, sean éstos minoritarios o mayoritarios. En tal caso, la derecha conservadora siempre fue y será revolucionaria para mantener o recuperar sus privilegios.

Ante este panorama, los tiempos que vienen prometen ser "interesantes" para las ciencias sociales, aunque no para los ciudadanos. Y no serán iguales a lo ya conocido en nuestra historia, porque programas como este ya han sido aplicados en Argentina pos muerte de Perón, pero no con paritarias libres, movimientos sociales acostumbrados a la lucha en las calles y sindicatos no unificados en una CGT única y obediente al poder. Y, menos aún con un gobierno anterior que entregó el país bastante mejor que como lo recibió y con un pueblo acostumbrado a esperar que el mañana sea mejor que el hoy y mucho mejor que el ayer. Es por eso que señalamos en el título que la crisis auto-infringida por Cambiemos aún no tocó fondo, no llegó a su último peldaño, todavía tiene tiempo para madurar, para ir generando el clima propicio para provocar un cambio de rumbo brusco en la política nacional, como ya ha ocurrido más de una vez en nuestra historia, aunque con una identidad nueva, distinta aunque similar a los grandes movimientos populares autóctonos. (...) la sociedad, los sectores subalternos, las clases plebeyas, retomen nuevamente la capacidad de organización. Nadie se moviliza perpetuamente. No hay revolución perpetua. (...) esta generación que hoy está de pie vivió los tiempos de la derrota del neoliberalismo, vivió la victoria temporal de los gobiernos progresistas y revolucionarios, y ahora está en este periodo intermedio. Por lo tanto, tiene el conocimiento y tiene la experiencia para retomar la iniciativa. Acordamos por eso con la visión que tiene de los movimientos populares el teórico y vicepresidente de Bolivia Álvaro García Linera:

(...) La revolución es por oleadas, no por ciclos” Cuando tú hablas de ciclo, significa que todo tiene un inicio, una estabilización y un fin. Es algo natural como la ley de la gravedad. Hagas lo que hagas, protestes o te movilices, así será de aquí a 50 años, cuando venga otro ciclo. Esta es una mirada que le arrebata el protagonismo al ser humano, que olvida el papel de la subjetividad colectiva en la construcción de los hechos sociales. Es falsa.
(...) lo que reivindicamos es la lógica de los flujos, las oleadas, que es un poco la experiencia que uno adquiere en la vida. Las transformaciones se dan por oleadas. La gente se articula, se unifica, crea sentido común, tiene ideas fuerza, se convierte en ser universal, es decir, ser que pelea por todos. Logra derechos, acuerdos, Estado, política. Pero luego pasa a la vida cotidiana. No puede estar en asamblea todos los días. (7)

No obstante, tenemos que señalar que los costos serán grandes, el daño social amplio, los tiempos no serán templados y muchos de los actores sociales actuales pueden cambiar, mutar. Lo que no cambiará será el hecho de que el movimiento que surja será producto de la cultura política y social autóctona, por lo que tenemos que bucear en nuestra historia para imaginar no quiénes serán los protagonistas principales sino sus características fundamentales. Pero, eso sí, insistimos, el fruto de esta crisis no está maduro aún y, como decían nuestros abuelos: tiempo al tiempo...











1 de febrero de 2018

Aparecieron los límites de la Revolución macrista y aflora su sesgo autoritario.

Luego de dos años de un gobierno sin mayoría en ninguna de las cámaras pero altamente exitoso en implementar sus medidas, Cambiemos comienza a enfrentar los límites de su modelo económico y social y, por ende, a mostrar sus rasgos autoritarios. Pero esto no es una sorpresa para quienes no votaron a Macri en la segunda vuelta y no lo votarían nunca. Es tan solo la confirmación de sus temores. Sólo con el enorme camuflaje de los medios hegemónicos que lo apoyan puede el macrismo evadir bastante bien los escándalos de corrupción (ahora llamados "conflicto de intereses"), los graves resultados de su política económica y la verdadera cara de las falsas promesas electorales que le posibilitaron seducir a millones de sus votantes.
Desde 2015 venimos señalando que el macrismo no es sólo un gobierno de centroderecha más, sino una fuerza política que llegó para ensayar una verdadera revolución conservadora, y que se cree capaz de lograr (e incluso ir más allá) los objetivos que intentaron en nuestra historia la autodenominada Revolución Libertadora, la última dictadura y el menemismo. No repetiremos aquí los hechos y conceptos que adelantamos en diversas notas al respecto (fruto no de la quiromancia o la adivinación sino de un frío análisis político de Cambiemos y de la historia argentina), pero sí señalaremos algunos de los signos actuales del giro autoritario del macrismo que adelantamos en dichas notas.
El gobierno en 2018 ha dejado de intentar la negociación con la oposición para utilizar los decretos. Tiene en claro que un período de gobierno no es suficiente para realizar las transformaciones que el establishment necesita para asegurarse que las reformas conservadoras sean irreversibles en el mediano plazo, y que no vuelva ningún movimiento nacional y popular a disputarle sus privilegios centenarios que intenta reconquistar.
Cambiemos enfrenta, a su vez, los fantasmas de sus propias promesas de campaña y el imaginario del "cambio" que sus votantes construyeron independientemente de Cambiemos mismo. Tanto las inversiones prometidas, la derrota de la inflación y la desaparición de la pobreza, como la protección de los derechos y adelantos sociales ganados durante el kirchnerismo han demostrado ser meros espejitos de colores ofrecidos a cambio del voto. La cruda realidad actual abofetea a cientos de miles de votantes macristas, muchos de los cuales votaron un cambio impreciso, nebuloso que creyeron mejoraría su situación y la del país. En cambio, el gobierno cumplio a rajatabla su programa revolucionario conservador no explicitado durante su campaña en 2015, pero sugerido por nosotros en 10 razones para votar a Macri y 10 razones para votar a Scioli. 
En 2015 y 2016 Cambiemos implementó rápidamente las primeras medidas revolucionarias de su modelo, provocando no sólo una transferencia económica a favor de los poderes concentrados y en contra de la mayoría de la población sino una crisis económica (la misma que los voceros neoliberales anunciaron inútilmente durante todo el kirchnerismo) que justificara las medidas de ajuste que "se vió obligado" a ejecutar en 2017 para sanear la economía...
Simultáneamente, la alianza del gobierno con algunos jueces federales y los medios hegemónicos (principalmente el Grupo Clarín) lanzó una cacería judicial de kirchneristas (corruptos o no), sindicalistas rebeldes y medios opositores, para llevarlos a prisión (con motivo o no) y así distraer todo lo posible la atención popular de las medidas de gobierno y sus consecuencias y, fundamentalmente, desprestigiar todo lo posible a cualquier político o movimiento político que en un futuro pudiese cuestionar el cambio de proyecto de país que el macrismo vino a instalar. Esto no puede concretarse sin una consolidación de lo que el macrismo mediático denominó "la grieta" entre los kirchneristas y el resto de la población. Aunque esa grieta no deja de ser una entelequia, un aggiornamiento de la división peronismo-antiperonismo o yrigoyenismo-antiyrigoyenismo del siglo pasado. Nuestra historia es esclarecedora en ese sentido, como señalamos en nuestras notas al respecto. "Nada nuevo en la villa del Señor": cuando un movimiento popular en el gobierno no puede ser atacado por sus problemas económicos o sociales, el establishment (el "círculo rojo" según Macri) apela a las denuncias de corrupción, verdaderas, ampliadas o falsas, para desprestigiar ese movimiento, incluso ante los mismos beneficiados por esas políticas, como analizamos aquí en ¿Todos los gobiernos populares son corruptos y demagogos? ¿Qué dice nuestra historia? 
Esta etapa de la revolución macrista se enfrenta a la caída de su imagen pública y, por lo tanto a la falta de apoyos en el congreso, algo con lo que había contado hasta ahora. Es por eso que, como adelantamos aquí, se ha recostado en sus rasgos autoritarios, no sólo en el aspecto de represión de la protesta social (ya cuenta con dos muertes a manos de las fuerzas de seguridad) sino en la utilización de jueces amigos del fuero federal para encarcelar manu militari a opositores, ya sean kirchneristas, de izquierda o sindicalistas (siempre que se opongan a sus políticas). También se ven esos rasgos al derogar o modificar leyes por decreto, como la ley de blanqueo, o al presionar a los gobernadores para que se vote la reforma previsional por el congreso.
Es de esperar que con el tiempo esta tendencia se acelere, y veamos que la economía no arranque, que la pobreza y desocupación crezcan, al igual que el déficit comercial y por ello el endeudamiento externo. Esto alimentará la protesta social, lo cual cebará la represión y los métodos para-constitucionales para implementar las medidas gubernamentales. Porque, como dijimos en La revolución macrista (II), una lección para la izquierda nacional : "la historia argentina muestra, lamentablemente, que la derecha nunca se detiene en su camino y apela a cualquier método, legal o no, constitucional o no, pacífico o no para lograr sus fines. Y no tiene pruritos ni remordimiento al enfrentar a sus adversarios desde el poder, sean éstos minoritarios o mayoritarios. En tal caso, la derecha conservadora siempre fue y será revolucionaria para mantener o recuperar sus privilegios".
También debemos analizar la conducta de la oposición actual, sumada a la del pueblo que se vea perjudicado con el proyecto de país macrista (conservador, principalmente agroganadero exportador y de servicios) similar al de la Argentina de principios del siglo XX, donde convivían los pocos ricos oligarcas y los muchos trabajadores pobres, anterior a la movilidad social ascendente que diferenció a nuestro país de los demás de la región. A eso se deben las alianzas internacionales que busca el gobierno, y a los sacrificios que dispone para la población con tal de reducir el salario en dólares y reducir los derechos laborales para seducir a los capitales extranjeros. Para eso Argentina tiene que volver al modelo anterior al gobierno de Yrigoyen, si es posible, con tal de que los esquivos inversores extranjeros vuelquen su lluvia de dólares en nuestra tierra. El macrismo no cree en los capitales domésticos, en la industria nacional ni en la capacidad del estado para regular la economía a favor de la mayoría de la población. No obstante, eso es lo que en definitiva se votó (conscientemente o no) tanto en 2015 como en 2017. Eso hecho legitima las medidas impulsadas por el gobierno, coherentes con su ideología y sus ocho años de gobierno en la ciudad de Buenos Aires. Pero eso no excluye que la sociedad haga uso de sus mecanismos democráticos para oponerse a muchas de esas medidas que la perjudican, mediante la movilización popular, la protesta en las calles, las huelgas o la oposición en el congreso a través de sus legisladores. Y ese es el escenario que asoma en este 2018. El resultado es imprevisible, aunque ya adelantamos algunos conceptos a tener en cuenta en notas anteriores. Es de esperar una polarización entre el oficialismo y quienes representen mejor la oposición a este modelo. Como ya dijimos, Cristina Fernández de Kirchner parte en primera fila en ese aspecto, y sobresale como la líder de la oposición con mayor caudal de votos y con su historia de gestión, opuesta 180° a la de Cambiemos. Esto la convierte en el faro opositor a tener en cuenta ante cualquier medida perjudicial al pueblo, pero también la hace blanco de proscripción o encarcelamiento por parte del oficialismo, sus jueces y fiscales afines y el establishment. De ella y sus aliados dependerá en buena parte cuándo se produzca el fin del macrismo, en 2019 o en 2023. Es que, como dijimos en 2017: El retorno de Menem, Cavallo y el general Aramburu: "Los tiempos políticos y sociales son mucho más lentos que lo esperado por los observadores o protagonistas, y la inercia de los procesos explica los lentos desplazamientos electorales. Sin embargo, cuando una sociedad protagoniza un giro en su visión política, ésta es difícilmente detenida en el corto plazo de dos años", aunque esos dos años ya han pasado y, en nuestra humilde opinión, la revolución macrista dista de haberlos aprovechado suficientemente bien.

24 de octubre de 2017

2017: El retorno de Menem, Cavallo y el general Aramburu.

Los resultados de las recientes elecciones de medio término dan al gobierno un gran impulso simbólico y político-mediático pero no numérico para acelerar su ritmo de reformas revolucionarias conservadoras. Como ya hemos señalado aquí anteriormente, la revolución macrista vino para desandar los logros y progresos sociales obtenidos por el kirchnerismo, es decir: desmantelar el conocido como "estado de bienestar" que caracterizó tanto a la Argentina de los años '40 y '50 de Perón como a los gobiernos europeos de posguerra, que en su versión siglo XXI edificó el kirchnerismo entre 2003 y 2015. Para eso, Cambiemos y el círculo rojo neoconservador que lo impulsa se propone hacerlo en forma revolucionaria y sin medir costos. Por eso, el gobierno se dispone (como hemos señalado en #1A, 1° de abril de 2017, el día de la caída del Gral. Lonardi...) a pasar de la fase Lonardi a la fase Aramburu de su revolución restauradora del viejo orden conservador, salvando las enormes distancias entre un gobierno democrático y uno dictatorial. Aclaremos en detalle, aunque brevemente, cómo caracterizamos a esta nueva etapa que ya se vislumbraba allá por el mes de abril.
Habría cuatro aspectos que considerar:

1) Con relación al aspecto político, diremos que el gobierno aplicaría una política de superación de la menemización de los años noventa. Menem, proviniendo de las entrañas del peronismo, ganó las internas y desde allí disolvió la ideología tanto del PJ como del sindicalismo peronista, transformándolo en un partido neoliberal al estilo de la UCD, incluso cooptando a las mayores figuras de ese partido. Cooptó también a los gobernadores y sindicalistas peronistas y logró manejar las riendas políticas a fuerza de los famosos ATN y demás recursos económicos santos y "non sanctos". Macri y sus adláteres e ideólogos, en cambio, proveniendo de un pequeño pero acaudalado partido porteño, con escasa militancia y figuras de capacidad o renombre, para hacerse cargo de los gobiernos de CABA, la provincia de Buenos Aires y la nación tuvo que cooptar la estructura del radicalismo sin liderazgos de 2015 para lograr esos objetivos. Y luego desde el gobierno se dispuso a diluir a su aliado radical y consolidar un espacio (Cambiemos) netamente amarillo con el que gana varias provincias con fuerzas minoritarias que acudieron "en auxilio" del poderoso de la Casa Rosada.

2) En el aspecto económico, Cambiemos apela a las más rancias políticas neoliberales, marca registrada de Cavallo, tanto durante los años '90 con el menemismo como durante del breve e infeliz gobierno de la Alianza de De La Rúa. Incluso muchos de los economistas con puestos en el gobierno participaron del cavallismo en el poder, como el mismo Cavallo recordó hace pocos días. Sin embargo, actualmente no hay un cerebro que dirija o conduzca la política económica, ya que la mayor parte de ella está en las manos inexpertas de CEOs que carecen de una visión político-económica y sólo responden a los intereses del sector del que provienen y al que luego retornarán seguramente. Por eso, el gobierno además de blandir una política económica neoliberal, de por sí dañina a los intereses de la mayoría del pueblo, lo hace con una mala praxis que asusta a opositores y oficialistas. Los resultados ya están a la vista, aunque no a la de todos sus votantes, muchos de ellos obnubilados con los espejitos de colores manufacturados por la estrategia política y de mercadeo de Durán Barba y Marcos Peña, o por el odio irracional y sempiterno de la mayoría de la clase media aspiracional hacia todo lo que huela a peronismo, en la actualidad el kirchnerismo.
Entre las medidas económicas que se vienen, podemos señalar la privatización de la obra pública (en manos de los grupos propios o amigos de la familia Macri), la privatización directa o indirecta de las empresas públicas, la entrega de los resortes de la economía nacional a los grandes grupos de intereses privados nacionales o extranjeros, la continuación del megaendeudamiento externo, típico en nuestra historia de estos gobiernos neoliberales o conservadores, el aumento del desempleo, la pobreza y la desigualdad, necesario para abaratar el costo laboral de las empresas que necesitan girar al exterior su superganancias, como en todos los países "subdesarrollados", como se decía en los años '70 y '80, o países "bananeros", como se decía en los años '50 y '60.

3) En el mundo sindical es previsible una división entre un sindicalismo oficialista o complaciente con las medidas antipopulares y antiobreras que se anuncian, un sindicalismo combativo kirchnerista o que articule con el kirchnerismo, y un sindicalismo combativo de izquierda, que intente enfrentar la marea macrista en forma solitaria o desarticulada con el mundo político. Sólo una coordinación de los mundos político y sindical puede enfrentar con éxito las medidas de empobrecimiento y precarización laboral que se ven en el horizonte.

4) Pero todo proceso revolucionario de este tipo, no se da sin una resistencia popular o política como la que se atisba en la Argentina del siglo XXI. Así como para aplicar este modelo en los años posyrigoyenistas se tuvo que encarcelar a Yrigoyen y sus partidarios, y para hacerlo en los años posperonistas se tuvo que proscribir a Perón y perseguir o encarcelar a los peronistas, actualmente Cambiemos deberá hacer lo propio con Cristina y los kirchneristas. Esta es la etapa que más asemejamos a la fase "general Aramburu" de la Revolución Libertadora del posperonismo (como señalamos en la nota citada). Toda acción contra los intereses populares conlleva una reacción ya sea política o sindical, y para eso el macrismo está preparado. Y los métodos son la persecución o amenaza mediática o judicial, la represión callejera o por los servicios de inteligencia, ya liberados de cualquier control estatal o judicial y económicamente empoderados por el gobierno. Luego de los resultados electorales aparece Cristina Fernández como la cabeza de la oposición franca al modelo menemista-macrista, y por eso la expresidente se convirtió en un escollo insalvable para sus políticas. Más aún, como lo fueron Yrigoyen y Perón en sus respectivas épocas, ella representa además "el pasado mejor" que permanece en el inconsciente colectivo para comparar con el presente de penurias que se vive, y que todo indica que empeorará en los próximos años. Ergo: como para "la década infame" en los años treinta y para "la revolución fusiladora" en los cincuenta, para Cambiemos y "el círculo rojo" macrista, Cristina es el obstáculo a eliminar en la política nacional. Sea como sea y caiga quien caiga.

No obstante el panorama expuesto aquí, hay un par de señalamientos que debemos hacer con relación a los resultados que arrojaron las urnas. Más allá de los festejos de Cambiemos y las especulaciones de los medios oficialistas (casi la totalidad del espectro nacional), los fríos números no corroboran tales augurios de un camino aceitado para el gobierno. Analicemos un poco los resultados.

El macrismo logra un triunfo electoral en sus primeras elecciones de medio término a nivel nacional por un porcentaje (41,9) similar al obtenido por el kirchnerismo en 2005 (41,59), y apenas superior al del menemismo en 1991 (40,22). Sólo el alfonsinismo en 1985 triunfó con un porcentaje mayor a los citados (43). Y el único derrotado en las primeras elecciones estando en el poder fue el delarruismo con un escaso 23,3% en el 2001, meses antes de rodar escaleras abajo con el modelo neoliberal en llamas. Este fenómeno repetido se debe, como señaló Horacio Verbitsky el domingo pasado, a "la digestión lenta del electorado, que no cambia de tendencia al mismo ritmo que las elites, salvo acontecimientos catastróficos". Y para frenar por adelantado cualquier análisis que anatemice a quienes voten distinto que uno, reproducimos unas palabras del antropólogo Alejandro Grimson que intenta explicar las razones del voto: "En el voto se juegan emociones, identidades, relaciones entre emociones y bolsillo, entre emociones y casa propia, entre emociones y derechos... (...) Pero la gente tiene ilusiones, confianzas, desconfianzas".
Debemos señalar, además, que ese triunfo no fue avasallador, como señalan los medios, ya que la alianza oficialista logró a nivel nacional 10.203.936 de votantes, alcanzando un 41,9% de los votos, pero el kirchnerismo logró 7.471.919 de votantes, es decir el 30,7% de los votos en el país.
Además, en la provincia de Buenos Aires el oficialismo blandió sus naipes más valiosos (Macri, Vidal, la enorme mayoría de los medios oficialistas repicando con la "corrupción K", la no vuelta al pasado, etc) con el propósito de derrotar y de ser posible borrar del mapa todo resabio de kirchnerismo; sin embargo, aunque pudo revertir la derrota de las PASO, la polarización fue efectiva pero no alcanzó para lograr el objetivo de máxima. El oficialismo logró 3.896.150 votos (un 42,2%) pero Cristina, el "símbolo del pasado", aumentó lo obtenido en las PASO y alcanzó 3.348.201 votos (un 36,3%). Un poco más de 500.000 votantes tan solo separarían, en la provincia más populosa, el universo de quienes anhelan ese "pasado mejor y perdido" y concreto del de quienes confían en ese "futuro prometido" por el macrismo. Lo que constituye, paradójicamente, una diferencia similar a la observada, en ese mismo distrito, entre Scioli y Macri en la primera vuelta presidencial de 2015, aunque en sentido contrario.

Otro fenómeno sobrevalorado por los medios afines y por el propio oficialismo es el “resonante” triunfo que "habría" conseguido Elisa Carrió en CABA. Sin embargo, si miramos los números obtenidos veremos lo siguiente:
La boleta de Vamos Juntos con la mediática diputada a la cabeza obtuvo en estas elecciones un 50,9% de los votos porteños. Sin embargo, la boleta de Cambiemos en 2015, sin su estelar presencia ya había obtenido un 45,8%. De esta manera, la diputada Carrió habría aportado al macrismo un escaso 5,1% de incremento en las adhesiones en CABAque además es territorio propio del PRO. Por lo tanto, la presencia de la mediática figura política no desequilibra ninguna elección sino que ella misma representa un fenómeno de ubicuidad personal, el mismo que la mantiene vigente a pesar de sus idas y venidas en materia de agrupaciones partidarias y resultados electorales personales.

Párrafo aparte merece el caso de Cristina Fernández de Kirchner. Aún con su derrota electoral en la provincia a cuestas, se erige como la líder de la oposición con mayor caudal de votos y referente no sólo del golpeado peronismo sino también de una oposición "nacional y popular" con miras a las presidenciales de 2019. Ese previsible crecimiento y la constitución de una alianza nueva a su alrededor la sindica, por lo tanto (como señalamos más arriba) como el principal objeto de proscripción o encarcelamiento por parte del oficialismo, sus jueces y fiscales afines y el establishment.

Sólo el tiempo dilucidará el rumbo que tome la sociedad en los próximos dos años, pero no creemos que varíe mucho de lo sugerido aquí. Los tiempos políticos y sociales son mucho más lentos que lo esperado por los observadores o protagonistas, y la inercia de los procesos explica los lentos desplazamientos electorales. Sin embargo, cuando una sociedad protagoniza un giro en su visión política, ésta es difícilmente detenida en el corto plazo de dos años.


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